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Atlántico huella artesanal

Atlántico huella artesanal

Identidades comunes y territorio de acogida.

Atlántico Huella Artesanal presenta la memoria de los oficios del departamento como reconocimiento de este patrimonio cultural, como registro de sus orígenes y de las características de sus técnicas. Una muestra que da cuenta de las labores actuales, resultado de sincretismo cultural, mestizajes e híbridas interacciones entre las herencias indígena, española y africana. Un recorrido por lugares centenarios algunos de cuyos nombres originales han permanecido en el tiempo.  

Tierradentro, nombre español para el antiguo territorio caribe de la cultura malambo, referente de alfareros del rollo en espiral, cesteros, arquitectos del bahareque y la canoa. Destrezas que llegan casi intactas hasta el siglo XX. Laguna y brazo de río. Fauna de tortugas e iguanas; yuca silvestre y casabe.

Sitios Mokaná incorporados a la provincia de Cartagena de Indias. Plantada de encomiendas y obrajes para indios. Cofradías de artesanos y oficios relacionados con el culto. Talla de imaginería y artesonados para iglesias doctrineras. Lucha de cimarrones y establecimiento de rochelas apartadas en los montes.

Comarca de la Colonia, donde sus poblados acogieron menestrales, herreros y carpinteros. Hacedores de ladrillos y tejas. Alarifes del mudéjar para construir templos, murallas y viviendas de piedra y calicanto.

Villa futura Barranquilla, nacida de encomendero en la hacienda de San Nicolás, albergue de concentrados libres, hijos del compadrazgo, indígenas, negros y extranjeros. Puerto nuevo para comerciantes y ganaderos.

Registro de los oficios en los censos del siglo XVIII: tejido de canastos en Piojó; sombrerería en Usiacurí; esteras de junco en Polonuevo; tejido de interiores en Soledad; hamacas y lienzos de algodón en Tubará; cañamazo y sillas para bestias en Baranoa; costureras de Barranquilla.

Escenario de lucha por la Independencia. Artesanos que dejan en suspenso sus labores para convertirse en milicianos del Libertador, héroes anónimos y cuotas de vida para la historia no escrita. Importantes villas como Cartagena y Mompox, que se estancan al inicio de la República, afectando los oficios ligados a la construcción. Quedan sin ocupación alarifes, herreros, fundidores, ebanistas, caleros y aserradores.

Oportunidad para poblaciones como Barranquilla que, sin la impronta de la Colonia, supieron aprovechar sus propios recursos. Pudieron mantener el abastecimiento del núcleo familiar y el trabajo manual; promovieron la creación de nuevos circuitos mercantiles y las exportaciones de tabaco, quina y añil.

Seducción para migrantes extranjeros y amplia demanda de productos útiles para la vida doméstica pueblerina, hechura de artesanos recursivos con modales nativos. Talleres decimonónicos de pocos oficiales y aprendices, división simple del trabajo y confirmación de la artesanía. Arribo de maestros y albañiles, aparición de construcciones navales, primeras casas de mampostería, aplicación de nuevas técnicas: clavazón y cerrajería. Surgimiento de la curtiembre y la talabartería, presencia de instrumentos y utilerías diversos. 

El departamento del Atlántico, al inicio del siglo XX, ve desparecer oficios prehispánicos como la alfarería de Malambo, y a algunos resistir, como la cerámica colonial de Ponedera. Llega el impulso de nuevas edificaciones del tardío republicano en el viejo Prado; Celosías y mosaicos hidráulicos. El barrio Abajo y Rebolo se consolidan. En boga la ebanistería con talla, muebles Thonet y mecedoras «maripalitos».

Por fortuna, las últimas décadas del milenio renuevan el interés por los registros de artesanos, investigaciones de fibras, memorias de los oficios, mercados artesanales en los parques y en el teatro Amira de la Rosa. La apertura del Centro artesanal de Usiacurí y desarrollo de nuevos productos, fortaleza de su dinámica actual en alianza con instancias gubernamentales, con diseñadores de otros ámbitos y mercados lejanos.

Los que llegan al siglo XXI continúan reinventándose de forma tradicional: pervive el taller casero, la manera de transmitir el conocimiento y la experiencia, así como su valor económico y cultural. Son artesanos oriundos de Galapa; que habitan en Usiacurí, Juan de Acosta, Luruaco o Tubará. Esperan en Suan a la orilla del Magdalena o miran el horizonte del mar en Puerto Colombia. Persisten las artesanas del barrio La Paz.

El patrimonio lo constituye el dominio de su arte, las huellas de sus manos, su caja de herramientas y las reminiscencias atávicas. Son ellos los últimos testigos directos de las costumbres del sitio, de las particularidades del territorio y de su entorno, de la arquitectura vernácula y de los modos propios del saber hacer.

Esta memoria de los oficios se convierte en una travesía por municipios y corregimientos que conservan sus prácticas artesanales y permite nuevas miradas sobre una labor creativa que logra satisfacer necesidades y buscar el sustento. Se trata de un encuentro con la localidad, con el sentimiento del arraigo y el sabor propios. Una experiencia para celebrar el parentesco y la vecindad.

Se vuelve narrativa de pequeñas expediciones en bosques tropicales, en playas del mar Caribe, en la laguna de Tocaugua y en las riberas del Río Grande; ofrece la posibilidad de conocer, de manera descriptiva, el cultivo, la recolección y manejo de los elementos de la naturaleza utilizados: iraca, enea, bejuco, fique, totumo o madera naufraga. Un viaje que nos acerca a la transformación de los recursos en materiales para el trabajo: «nepas» de fibras, tinturados de colores, trenzados y acordonados para tejer las piezas de sus creaciones. Estera y petate.

Invita a entrar a sus casas, a sus patios a la sombra de los mangos, al espacio de sus quehaceres. Convida a conocer el taller como escuela de aprendizaje, transmisión de una generación a otra: el celo de sus fórmulas ocultas, la urgencia de los encargos y el temor a perder el mercado.

Este libro deja ver la destreza inmediata del artesano para manejar la herramienta y el aparato. Nos deja palpar las manos ambidextras para la aparición del objeto. La variedad de sus piezas útiles y bellas compartidas en el trabajo, la casa y la mesa con sus allegados.

Pone en valor la jornada de trabajo cotidiano, a deshoras, temprano y tarde, paciencia y repetición que hace saltar la cualidad para descubrir la función, la forma y el uso que dará a cada artefacto: la cesta, la totuma y la vasija, contenedores para ser llenados y vaciados según el antojo. Máscara de torito y danza del Garabato para la representación de sí mismo; gaita y tambor en la algarabía del Congo de negros con su cuadrilla de animales. Cada año el performance del Carnaval y el velorio de Joselito.

En la descripción de cada oficio se reconoce su laboriosidad, la tenacidad y la apertura a la innovación de los artífices. Cada alianza con los maestros o con sus aprendices, cada parcería con los diseñadores enriquece los saberes y conocimientos, vuelve el taller un laboratorio, cada prototipo un experimento, cada producto el suceso de sus invenciones.

Atlántico huella artesanal de identidades comunes y territorio de acogida.

 

Manuel Ernesto Rodríguez

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Director: Manuel Ernesto Rodríguez
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